Actualidad

Reflexiones sobre la actualidad en el Líbano

14 agosto, 2020 – Rocco Rossetti

Tras los últimos acontecimientos en el Líbano, es decir, la explosión en el puerto de Beirut y las manifestaciones populares contra el régimen que la han seguido, me gustaría reflexionar y detenerme sobre algunos aspectos. Por un lado, el significado del fracaso del modelo de régimen estatal libanés, y por el otro el complejo reto y las contradicciones que caracterizan las esperanzas y las iniciativas populares. Para referirnos a algunas categorías que solemos emplear, podemos decir que la decadencia de los aparatos estatales se manifiesta de una manera muy significativa, pero que la emersión humana, combinándose con las emergencias (sanitaria y social, además de las tragedias de distinta índole) suponen desafíos complejos para sus protagonistas.

¿Qué nos dicen los acontecimientos de Beirut? Una tremenda tragedia debida a una negligencia criminal se convierte en el símbolo del fracaso del Estado libanés. Negligencia criminal como mínimo porque, considerando el contexto y los actores implicados, no se puede descartar la combinación entre la oportunidad ofrecida por un barco-bomba y una intención terrorista. La sombra del fracaso estatal libanés se extiende más allá del país. Se trata de un factor de desestabilización regional y supone además el fracaso de un modelo. Un modelo que se experimentó después de la guerra civil que asoló el país entre 1975 y 1990. Fue un escenario bélico que no implicó solamente a las comunidades étnico religiosas residentes históricamente en el Líbano, como la cristiano maronita, las musulmanas suní y chií y la drusa, sino también a los refugiados palestinos y a las facciones de la OLP y a las potencias vecinas como Israel y Siria. En el Líbano tuvieron lugar acontecimientos clave de la historia de Oriente Medio: el asedio al campo de refugiados palestino de Tal el Zaatar en 1977 con la posterior expulsión de la dirección de la OLP del Líbano hacia Tunez; la masacre del campo refugiados de Sabra y Chatila en 1982 por parte las milicias cristianas de la Falange libanesa y del ejército israelí; los enfrentamientos entre las tropas sionistas y Hezbollah y la retirada de las primeras del país; la más reciente retirada de las tropas sirias. El régimen que surge en 1990 supone la concentración y la subdivisión del poder político por parte de las fuerzas políticas militares de las diferentes comunidades. Una subdivisión que en la realidad actual prevé un Presidente cristiano, un Primer Ministro musulmán suní y un Presidente del Parlamento musulmán chií. A la vez, un Estado que no tiene el “monopolio de la violencia”, o más bien lo tiene “repartido” según las fuerzas que lo componen, por lo cual, además del ejército existen milicias, sobre todo en el caso de Hezbollah. “Libanización” se convierte así en una fórmula de “paz” estatal, o de estado de guerra contenida, basada en el reparto territorial del poder entre comunidades político-militares con base étnica confesional. No es casual que se haya hablado de modelo libanés de cara a Siria.

Como en otros casos, el modelo no resiste al tiempo y entonces a la memoria de su “eficacia”. Los jóvenes de 15 a 29 años no han conocido la guerra civil y sufren, según datos oficiales, una tasa de paro del 66%. Con la libra libanesa en caída libre, la inflación al 60% y una deuda pública del 170% del PIB, la economía libanesa se asoma al abismo. El reparto del poder según las fuerzas políticas comunitario-confesionales supone un sistema clientelista de la administración estatal, denunciada como “wasta” (enchufe). Muchísimos jóvenes, decenas de miles al año, emigran. No es casual, y es muy esperanzador, que es justamente en la juventud donde más evidente se hace el rechazo a las reglas sectarias del funcionamiento político, si bien las movilizaciones de octubre de 2019 no hayan abierto aun una dinámica intercomunitaria.

El fracaso de este modelo está llevando a una implosión del Estado, pero es un proceso que puede prolongarse, máxime con la intervención internacional, como la promovida por el presidente francés Macron.

Las preocupaciones hacia la realidad libanesa son evidentes y motivadas. Su desestabilización se da en un contexto regional extremadamente precario. El Líbano es además el territorio con más refugiados, de distinta procedencia, en relación a la población, por así decirlo, autóctona.

Las movilizaciones de denuncia después de la explosión en el puerto de Beirut están animadas por una esperanza de cambio. Las seguimos con solidaridad e interés, y justamente por esto, las miramos no de manera acrítica. Damos un paso atrás. También las movilizaciones iniciadas el 17 de octubre de 2019 evidenciaron valor y límites. Se insertaban en la ola contemporánea de cuestionamiento del orden político dominante, como en Iraq y, a escala menor, en Irán, mientras continuaban procesos indudablemente más consistentes y profundos en Sudán y Argelia.

Por lo tanto, procesos con elementos comunes pero también, como no podía ser de otra manera, no sólo con diferencias y especificidades sino también con niveles de conciencia y de intensidad distintos. Los protagonistas de estos procesos de protestas hacia los regímenes dominantes suelen definir sus movimientos como “revoluciones”. Con este término pretenden transmitir su hartazgo al poder político existente y sobretodo sus esperanzas de cambio. Sin embargo, esto no basta a cualificar una revolución. Nosotros hemos definido como revoluciones a los procesos humanos como los de 2011 en Egipto y Siria porque, además de un rechazo profundo hacia los regímenes opresores, sus protagonistas expresaban claramente exigencias éticas alternativas y formas independientes de organización de la comunión humana revolucionaria y, en parte, de la vida de las comunidades, como el ágora revolucionario de Plaza Tahrir o los Comités Locales de Coordinación en Siria. Nada parecido se ha dado en los movimientos de 2018 y 2019. Esta es una consideración que, antes que crítica hacia estos procesos, pretende destacar el enorme valor que, a distancia del tiempo, debemos reconocer a las “revoluciones de la gente común” de 2011. Pero además, incluso en algunos de los procesos más recientes, como el Hirak argelino y el movimiento sudanés, nos hemos encontrado con una amplitud, una determinación y una paciencia, además de una significativa y admirable actitud pacífica, seguramente muy superiores a las protestas libanesas. La Towra de octubre fue, en todo caso, una experiencia nueva e importante que, esperemos, pueda inspirar la reflexión en estos días. Reconocer los límites de la emersión humana en esta época supone comprender los enormes obstáculos, materiales, culturales y concienciales, con los que se encuentran las exigencias humanas de afirmar y mejorar la vida. Máxime en un momento en el cual se concentran, como sabemos, emergencias materiales, sociales y sanitarias de vario tipo.

Desde este punto de vista da la impresión, por las noticias que han llegado, que las manifestaciones libanesas hayan movilizado sobre todo a la comunidad cristiana, que ha sido además la más golpeada por la tragedia. La cuestión de las comunidades, el respeto y la confianza recíproca junto a una perspectiva de convivencia benéfica es evidentemente una cuestión clave, además de histórica. También en este caso, el mensaje inicial de la revolución siria es un ejemplo inspirador. En este sentido, si la denuncia a la corrupción del régimen basado en el reparto político abriera paso a una idea de superación de la división político militar entre las comunidades étnico culturales libanesas nos encontraríamos ante una importantísima novedad. Por el momento, las esperanzas parecen concentrarse en un plano electoral. El sistema político libanés, como se sabe, está repartido según los cargos. Y el gobierno concentra a todos los partidos. Por tanto, no hay acuerdo en el gobierno sobre una convocatoria electoral. Como no la hubo después del movimiento que la pedía en octubre. A este respecto, Hezbollah está en contra. Las declaraciones del primer ministro Diab y las dimisiones de varios ministros tienen el objetivo de superar este desacuerdo y forzar elecciones anticipadas. Sin embargo, incluso en caso de convocatoria, se abriría un fuerte debate sobre la ley electoral porque, con la actual, se reproducirían los mismos equilibrios actuales. Un cambio de la ley electoral, y una consecuente reducción del peso de los partidos tradicionales cristiano y sobre todo de Hezbollah, es lo que piden muchos manifestantes y es también el objetivo del presidente francés Macron y de las presiones que intentaba ejercer la tele Conferencia Internacional hace unos días.

Seguiremos por tanto los acontecimientos libaneses con atención, mientras el foco ya se desplaza hacia el reciente acuerdo entre el gobierno de Israel y los Emiratos Árabes Unidos que, mientras suaviza de momento los planes sionistas de anexión de  Cisjordania, supone nuevos peligros para el pueblo palestino.