Movilizaciones en Líbano

– Rocco Rossetti (publicado en socialismolibertario.org)

La población libanesa vive bajo la conmoción de la tragedia que ha golpeado Beirut y de la negligencia criminal de las autoridades políticas que la ha provocado. La explosión del barco con 2.750 toneladas de nitrato de amonio, parado en el puerto durante 6 años, ha causado hasta ahora 158 muertos, más de 6.000 heridos, con cientos de miles de personas que han perdido sus casas. La solidaridad popular en las ayudas a las personas golpeadas se ha combinado con la indignación popular que ha inundado las calles de Beirut. Ayer, sábado 8 de agosto, se han registrado grandes movilizaciones.

La memoria va hacia el 14 de marzo de 2005, cuando las movilizaciones provocaron la salida de las tropas de ocupación sirias después del asesinato del antiguo primer ministro Rafiq Hariri. Y también al 17 de octubre de 2019, el día de inicio de la Thawra, la “revolución”, la movilización de masas que unió a mujeres y hombres de todas las comunidades étnico culturales libanesas justamente contra un régimen corrupto formado por los partidos de las diferentes comunidades y confesiones religiosas que históricamente se reparten el poder en el país.

Las manifestaciones de ayer han expresado un profundo y justificado hartazgo popular, con el cual nos solidarizamos, y que recuerda algunos aspectos de desconfianza hacia el poder político que hemos visto en otros ejemplos de la región.
Sin embargo en las protestas se han manifestado también contradicciones e ilusiones políticas. Cientos de personas han ocupado el Ministerio de Exterior, colgando dos grandes pancartas. Una decía «Beirut ciudad sin armas», en una evidente denuncia de Hezbolá, la otra «Beirut capital de la revolución». Miles de personas, concentradas en otras zonas de la ciudad, repetían en cambio las consignas de octubre de 2019.

En la Plaza de los Mártires, bajo un enorme cartel que anunciaba «el Día del Juicio» se han montado unas horcas de las que colgaban las siluetas de todos los líderes políticos del país. Se han lanzado consignas de denuncia como «Mi gobierno ha matado a mi pueblo» o «Erais unos corruptos, os habéis convertido en unos asesinos».

Los manifestantes han sufrido la represión policial pero han recibido también la solidaridad de los bomberos que se han negado a dispersarlos con mangueras. Sin embargo, en las protestas también se han asomado tentaciones violentistas.

Por otro lado, la radicalidad simbólica de la movilización convive con cierta confusión de cara a los objetivos y a los medios para alcanzarlos. La protesta carece de momento de organismos o instancias independientes y por tanto de una definición de perspectivas autónomas. Se denuncia al régimen pero se piden elecciones, propuesta relanzada por el primer ministro Diab, en las que participarían, evidentemente, las mismas fuerzas políticas de siempre. Y se manifiesta también cierta esperanza de que la solución pueda proceder de la intervención de las potencias políticas occidentales. De hecho, Emmanuel Macron ha viajado precipitadamente a Beirut y ha organizado para hoy una teleconferencia internacional de apoyo al Líbano, bajo el patrocinio de la ONU,
en la que participarán, entre otros, también los mandatarios de Alemania, Reino Unido, EEUU, Rusia, China, Egipto, Jordania.

A las potencias internacionales les importa poco el destino de las poblaciones y comunidades libanesas. Su intervención está dirigida a evitar la definitiva implosión del Estado libanés, cuyo derrumbe tendría consecuencias imprevisibles en los equilibrios regionales.

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